AtrásDiana Drake
Octubre
14 oct - 4 nov, 2017
El color de octubre
Este octubre posiblemente sea el mes más triste del siglo. Las ciudades del hemisferio norte están cubiertas de hojas secas caídas de aquellos árboles que quedaron en pie a pesar de los huracanes. Mientras acá el viento húmedo del sudoeste, que sopla entre las sombras de los edificios nuevos y trae consigo algunas lloviznas pasajeras, arrastra la basura hasta las bocas de los desagües.
Ese es el paisaje que sobrevuela Diana Drake en su viaje de Nueva York a Buenos Aires. Desde la ventana de un avión se pueden ver claramente las formas de las ciudades que muestran iluminadas las calles en las que deambula nuestro futuro sin rumbo. Ellas parecen haberse puesto de acuerdo para ponernos un poco nostálgicos.
En la tierra las cosas no se ven muy diferentes, uno puede salir a la puerta de la galería Isla Flotante y sentarse en el cordón de la vereda para observar de cerca ese hermoso fenómeno a partir del que el agua, al pasar por el tamiz de nuestros desperdicios, pierde su particular carácter incoloro. La pintura es en el fondo algo bastante turbio.
Esa mezcla de desechos que inspira tanta melancolía tiene el poder de hacer visibles las cosas invisibles. Cuando el agua adquiere un color pútrido, podemos ver reunidos a todos nuestros fantasmas. Los fracasos de las vidas pasadas nos abrazan con fuerza para no perderse en el olvido. Ellos no están dispuestos a ser considerados oportunidades desperdiciadas y se aferran a nuestros sentimientos para impedirnos hacer el duelo.
No existe nada que despierte más entusiasmo que el sonido de un vidrio roto, aunque siempre hay alguien que lamenta las perdidas, nunca deja de excitaros; quizás porque posee esa particular cualidad de ser algo fuerte y frágil a la vez. El vidrio es el material de las revoluciones, cuando se rompe, la luz que se filtra entre los filos de sus trozos rotos trae consigo imágenes nuevas y junto a ellas el peligro de las ilusiones.
Dicen que cuando una copa de vidrio se rompe sus fantasmas quedan allí por siempre. Así es como los camiones hidrantes y los edificios públicos se alimentan de espíritus mientras arden bajo las llamas de las bombas molotov. Las pinturas tienen algo revolucionario, no se conforman con la realidad, aunque sólo sean unos vidrios opacos que transforman nuestra visión del mundo.
Todos los dictadores conocieron el poder de la pintura, y no en vano aquellos artistas que quisieron cambiar el mundo fueron llamados vanguardistas. El problema de las vanguardias es que se pueden ver a simple vista, están al frente del campo de batalla, y por eso son los primeros en caer bajo el fuego enemigo. Únicamente pueden sobrevivir, de manera triste, aquellos q se hacen los muertos o se retiran.
Sin embargo, más allá de esas primeras líneas, hay un mundo de eventos y personas que no solemos considerar porque no realizan tareas tan notables y estridentes como las de la infantería. Un agente infiltrado en el ejército enemigo, el agua envenenada, una rata sigilosa portadora de enfermedades, las ventanas del cuarto de un tirano que muestran el mundo distorsionado, son algunos de los miembros de una vanguardia invisible que permanece oculta mientras observa cómo el mundo se viene abajo.
La vida de los fantasmas y la alquimia, los procesos químicos que le dan color a las cosas y el misterio de la formación de los materiales, son algunos de los motivos que aparecen en la exhibición de Diana Drake. Su trabajo reúne una fuente diversa de influencias, como la pintura concreta, el arte de vanguardia ruso, la química y los libros de filosofía.
De cada bloque de vidrio exhibido en Octubre emana un color diferente que conquista el sueño utópico de la pintura. Aunque ese ideal, de convertirse en color puro, parece haberse realizado con un tecnofósil que pronto quedará enterrado entre los sedimentos de la Tierra.
La vida propia de los materiales hace imposible que se reproduzcan a la perfección las “racionales” formas geométricas de un pasado pretencioso, y de esa manera las obras le dan forma a una derrota: la nuestra.
Los vidrios de colores, que fueron considerados un bien preciado por los antiguos habitantes de esta tierra, hoy son para la mayoría de nosotros un montón de basura. Sin embargo, siguen teniendo el mismo poder capaz de doblegar a las civilizaciones.
Mario Scorzelli
Octubre, 2017