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Valentina Liernur

Aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

10 nov - 1 mar, 2023

 

Mmm... nunca sé cómo empezar a escribir. Aunque los textos por encargo tengan algo fascinante, de llevarte a otro lugar con su coartada, doy vueltas por mi casa pensando qué puedo decir de las pinturas de Valentina Liernur. Desde que me lo propuso, hace varios meses, abro Youtube y pongo un video suyo en el que dice: “my name is Valentina Liernur, the show is called Valentina Liernur... and there is no concept, no text, no press release, just... emmm... pure pink”. Está algo nerviosa y sonríe con dientes medio gigantes, como los míos. ¿Una vez más escribir tratando de identificarse? Muchas de las muestras anteriores, de donde salen estos mismos cuadros que se van a exhibir ahora, tienen nombres esquivos, que se contradicen (otra muestra se llamó No importa mi nombre, por ejemplo) y no tuvieron texto, o tuvieron algún texto esquivo. A través del tiempo Valentina fue señalando las instancias de convertir las obras en información como algo problemático. Yo también, cuando leo o escribo este tipo de textos me fui preguntando: ¿no quedan a veces las obras en el lugar de ilustrar una idea, acompañando las buenas intenciones que se proponen los artistas y sus prácticas, todo subsumido a una red de conceptos? Texto de sala, epígrafe, presentación, etc, etc. Su forma de obstaculizar la circulación de información me hackea de antemano el automatismo de decir algo. Cuando fui a su taller, a ver las obras antes de embastar, me las iba mostrando y la escuché sin tratar de escurrirle explicaciones. Me mostró la serie de pinturas que hizo a partir del cómic Valentina de Guido Crepax; las pinturas de jean y cierres que hacía para embastar y desbastar con facilidad, optimizando el espacio yendo de acá para allá; las de señoras tomando cafés en bares porteños; mujeres llevando carritos de bebé; niñas y adolescentes con remeras estampadas; mujeres igual de seductoras que siniestras, que emulan y rechazan a la vez las formas de un cartel publicitario, tituladas sospechosamente “Amigas”. O...tal vez lo “ sospechoso” es la idea idealizada de la amistad que se choca contra el cuadro. Mientras desenrollaba las telas, varias veces dijo que partía de algún material y lo volvía un poco gótico. ¿Gótico? Mmm... nunca me hubiera imaginado esa palabra para describir sus obras. Pero en realidad, ahora que lo pienso, sí hay algo muy gotiquizante, aunque no sé si por las mismas razones por las que ella lo piensa, porque tampoco se lo pregunté. Su obra no es catártica ni cándida ni tierna ni produce identificación. ¿Por qué estoy tan acostumbrada a que me pase eso con las prácticas artísticas: identificación emocional, adhesión ideológica, mímesis o deseo? Los monstruos del gótico interfieren en la naturalización de los valores y las buenas intenciones. Obstruyen el paso fluido de lo que asumimos que debe circular con naturalidad, tuercen significados y los dejan así, distorsionados, no resueltos. Aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

Y lo que me pasa, viniendo al caso, con estas pinturas que estoy viendo y el modo en el que fueron exhibidas antes de que me ponga a escribir, es una desnaturalización de una cadena coherente entre artista, obra, medio, texto, emoción, ideología, costumbre. Las preocupaciones temáticas y formales de Valen infectan la pureza. Parecen decirnos que el arte contemporáneo, por más candoroso o inteligente que pueda ser, con sus dispositivos dentro de los fenómenos en los cuales está inmerso, crean un efecto ambivalente: en su afán por identificar y excluir los elementos culturalmente amenazantes, se ve atrapado en los antagonismos simbólicos y sociales que se esfuerza por diferenciar. Publicidad, mercancía, hiperproductividad, contemplación. Las problemáticas que atañen al arte en general quedan señaladas, aludidas, marcadas pero confundidas. Ella abruma esas imágenes de mujeres, marcas y celebridades solapándolas en una grumosidad gelatinosa, grisácea, rosada y rojiza, haciendo aporías, paradojas, desde una perspectiva no idealista. Se mantiene en el espectro de la duda. Sé que algo de todo esto suena demasiado serio... pero siento una risa socarrona. No autoculposa, ni irónica, sino clownesca. La ambigüedad de correrse de ciertas instancias que vuelven a un* artista discursivamente interesante pero a su vez resaltándolas, me hace acordar a la actitud contraproducente de l*s tímid*s que se terminan sobreexponiendo queriendo hacer pasar desapercibida su propia timidez. El hecho de que esta muestra esté compuesta de cuadros de distintos momentos, muy diferentes entre sí, no cambia nada. Ya se dijo otras veces de Valentina, como halago o como crítica, que sus cuadros se contradecían entre sí, que probaba formas disímiles. En eso veo lo clown: la puesta en escena de una hiperactividad que exhibe su neurosis y espeja el estatus del trabajo del arte: un chiste o juego que puede tomarse muy en serio o un trabajo serio que puede tomarse chistosamente. Siempre obsesionada con lo mismo, siempre obsesionada con algo distinto. Lo hace desviando la atención, la dispersa entre distintos estilos y narrativas, representando mujeres en todo el espectro del arco de la capitalización del tiempo: desde las celebridades hiperquinéticas frente a la mirada del público, hasta las señoras dejando el tiempo pasar en los cafés, en todo un arco ciclotímico de la distribución de la energía. Las imágenes de todas ellas son ambiguas. El efecto de pintarlas también es ambiguo. Por un lado, es como si fueran vampirizadas, al verlas la mirada vivifica la propia caminata, con su encuadre inquieto. Pero por otro lado, al enturbiarlas, libera a sus protagonistas del lugar de disponibilidad para ser miradas en el espacio público, las saca de los sistemas que las reducen a un consumo o a un “dejar a mano”. Su mirada es como un vector transformador y estimulante que pasa, en un mundo que se reclama a sí mismo sin la necesidad de... no sé ¿refugios? ¿inocencia?

Malena Low